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Medellín: La ruta de los afectos


Luego encontré mi camino en el bosque de noche

y dejé que las luciérnagas se fueran de mis párpados.

Alice S. Yousef (Palestina)


Hermana

recojamos las risas olvidadas

en el tendedero

Diana Carolina Daza (Colombia)


I


A inicios de 2012, un poco antes de migrar hacia Nuevo León, escribí un poema donde aseguraba, con tono irónico, que algún día mi madre me llamaría por teléfono para decirme que se sentía orgullosa de que su hija fuera poeta.

Si bien vengo de una familia de profesores que alentaron mi gusto temprano por la poesía, no creyeron que me lo iba a tomar demasiado en serio. «La poesía no da de comer» o «la poesía no sirve para nada», fueron dos frases que oí durante muchos años, de propios y extraños. Pero al final de cuentas, cuando me quedé sin empleo en una ciudad desconocida, sin red de apoyo, sin dinero y sin suelo firme qué pisar, la poesía fue lo único que pudo salvarme. Sólo a través de la poesía logré construir un camino que me puso comida en la mesa y esperanza en el corazón.

Y aquí estoy, 14 años después, organizando mis fotografías mentales, tras haber ido a leer poemas a una de las tribunas literarias más importantes del mundo, el 36º Festival Internacional de Poesía de Medellín, y dos días después de haber recibido una llamada de mi madre que, llena de orgullo, me felicitaba por ser la poeta que soy.


II


La primera vez que fui a Colombia, en 2020, fue precisamente porque el pequeño libro donde se publicó aquel poema profético había llegado a manos de un poeta pereirano. Y allí empezó la confabulación. Pero ahora que volvía por tercera ocasión –pues en 2023 también estuve en Barranquilla–, sentía que no solamente entraba yo a este país, sino que entraban conmigo mi madre, mi abuela, mis hijos, mis amigas, muchos hombres y mujeres que han atravesado mi escritura. ¿Qué parte de México llevaba en mis letras?


«¿Viene al festival de poesía?», me preguntó el agente de Migración. «Sí», respondí, asombrada de sus dotes adivinatorias, mientras le extendía el pasaporte. «Es que tiene cara de poeta», me dijo antes de estampar un sello –¡qué afortunada!, mi amiga Lizeth me recordaría después que Jaime Sabines se quejaba por no tener cara de poeta.

Alrededor de la una de la mañana, en la salida del aeropuerto de Rionegro, ubiqué al joven chofer que me llevaría al hotel. Me subí en el sitio del copiloto. «¿Es la primera vez que viene a Medellín?». «Sí». «Qué rico. Bienvenida». La música alabeada de su voz me recordó la de mis anfitriones, seis años atrás, en el Eje Cafetero. «Este túnel atraviesa la montaña», me dijo cuando entramos al Túnel de Oriente. «Qué miedo», me reí. Le confesé que me daba la misma sensación de fascinante vulnerabilidad que cuando atravesé un túnel submarino en Boston. Avanzar dentro de la tierra o dentro del agua. La naturaleza desafiada por la ingeniería y la necedad humana.

En cuanto salimos del túnel, mientras recuperaba mi ritmo cardiaco, mi guía nocturno me fue señalando el enjambre de luces que, como un rompecabezas, iban construyendo la ciudad en medio de la madrugada. Yo estaba allí... ¡en verdad estaba allí!, en ese lugar del que tantas veces había leído. El lugar mítico donde florecía la poesía.


III


Al salir de mi habitación reconocí, en el pasillo, a un poeta. No es que hubiera adquirido los superpoderes del agente de migración, sino que había visto su rosto en el cartel donde aparecíamos los 10 escritores seleccionados por la convocatoria internacional para asistir al festival. No soy buena reconociendo rostros, pero Ariel Rosé tiene algo que le hace definitivamente reconocible entre miles. Me saludó con una voz que me pareció etérea. Yo asumía que era de Polonia, por eso me impresionó su español tan fluido –más adelante sabría que no sólo es políglota, sino también nómada. Cuando le pregunté dónde vivía, su respuesta fue: «Es complicado». Su casa es el mundo.

Me dirigí al piso 14 donde se desarrollaría una rueda de prensa. Me recibió una mezcla de voces con distintas texturas; pliegues, grecas, ángulos, luces. Un calor humano en el que convergían cinco continentes. Gloria Chvatal, Fernando Rendón, Luis Eduardo, Gabriel Franco... varios de quienes nos habían convocado, de la Revista Prometeo y del Movimiento Poético Mundial, estaban allí.



Durante una hora me dispuse a recibir los rítmicos ecos de las palabras desde Babilonia hasta el Caribe; desde la evocación del rezo que busca la qibla hasta el flujo circular de las vanguardias. Irak, Irán, Uzbekistán, Rusia, Egipto, China, Vietnam, Irlanda del Norte, Cuba, Colombia compartiendo la poesía como si fuera un pan, en una misma mesa. Y muchas otras naciones representadas por sus poetas, en las sillas.

Fue también un espacio para la calidez: el júbilo de Ana Lucía Restrepo, quien junto con su novio llevaba su cámara de allá para acá; la alegría de Geraldine, quien a lo largo de todo el festival reaparecería una y otra vez con su gran capacidad de abrazar y vibrar.



Al final, cuando el micrófono se abrió para todos, me sentí intimidada. ¿Qué podía decir yo que fuera mejor que el silencio?, ¿qué podía expresar equiparable a lo que los demás ya habían dicho? Entonces recordé que no iba sola, que los espíritus de mis ancestras habían cruzado la frontera conmigo.


IV


Llegar al Teatro Carlos Vieco, en el Cerro Nutibana, fue como entrar en la página de un libro que había leído hacía mucho tiempo. Su estructura circular, descendente, me conducía a una dimensión onírica. Perdí de vista por un momento a Diana Daza y a Lilian Silva, mis nuevas amigas colombianas. Tomé mi lugar cerca de Leandro Calle y Yolanda castaño, de Argentina y España respectivamente. Hablamos de festivales, de viajes, dije que tengo una amiga en Galicia, que se llama María, y muchas otras cosas que ya no tengo muy claras, pero sí recuerdo bien la tonalidad de sus voces, la manera en la que nos insertamos entre la gente que, de a poco, iba acomodándose bajo un sol que coqueteaba con la llovizna.



Berta Lucía fue a tomarse una fotografía frente al cartel del festival, antes me preguntó si quería ir también. Yo sí hubiese querido descender con agilidad hacia ese mismo cartel y tomarme la misma foto y guardarla para siempre en un álbum. Pero me quedé atrapada en algo como un estado de contemplación del que no podía –no quería– salir. Cada una de mis partículas se unió al oxígeno que exhalaban las plantas, mis zapatos se mezclaron con el pavimento mientras los colores del escenario se replegaron contra el cristalino de mis ojos. Mi cuerpo no era, ya, del todo mío, sino una parte más del paisaje.

Finalmente, me obligué a caminar hacia el estrado para estar cerca de los poetas que abrirían el festival. La fatiga de varias horas de vuelo, más la tensión de un mes de trabajo arduo para dejar-todo-listo-antes-de-partir, cayó sobre mis hombros.

Llevaba un vestido con cerezas rojas, días atrás Morgana me acompañó a comprarlo. También me compré otro color turquesa. Abastecí mi hogar de medicamentos y comida antes de abordar el primer avión rumbo a la Ciudad de México. «Hogar», le llamo, porque allí están mis hijos, pero en realidad nunca he tenido una casa propia.

La voz de Gloria se elevó sobre los cientos de personas que se habían reunido para celebrar esa primavera humana. Un relámpago de poemas cruzó las copas de los árboles más altos hasta perderse en el cielo.


V


Las cámaras de TV estaban listas para transmitir en vivo desde el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM). Era mi primera lectura en el festival.

«¿Cómo te sientes?», me había preguntado Alfredo, mi editor, unas semanas antes del viaje. «No lo sé –dije–, ahora estoy haciendo tantas cosas que no he tenido tiempo de sentir, he reservado las emociones para los últimos días del mes». La verdad era que, hasta ese momento, en la mesa, percibiendo el roce de la crinolina sobre mis muslos, la blandura de los libros bajo mis manos, seguía sin tener tiempo para entender lo que sentía.


Mis ojos sobrevolaran por un instante el campo fértil de personas que se extendía frente a nosotros.

Cada uno de los poetas que estábamos allí, habíamos llevado en los poemas un fragmento de la historia de nuestro país. Argentina, Polonia, Colombia y, claro, México entrelazaban sus imágenes, el ritmo, las heridas y la esperanza de sus habitantes; pero también fragmentos de nuestras historias personales, el registro metafórico de los lugares que hemos cruzado.

La voz firme, pausada, de Leandro; la otra, hipnótica y musical de Ariel; la palabra aguda, exacta, de Diana... todas ellas, en su sonoridad iluminada por el atardecer, desfilaron en mis oídos. Y entonces no necesité de la lógica ni del acomodo preciso de las ideas. Había en mi cuerpo un entendimiento que venía de la vibración en las células. Allí, de pie, de cara al micrófono, de pronto entendí lo que sentía: gratitud.


VI


El Teatro Ateneo Porfirio Barba Jacob nos abrió sus puertas. Me senté en la silla de en medio, entre Alexandra Nicol –cuya sonrisa emanaba la serenidad de una rosa– y la de Luz Helena Cordero –que parecía reacomodar el mundo con la mirada–. Los ensayos de ambas poetas, una de Suiza y la otra del país anfitrión, Colombia, abordaron la creación poética, los entramados de la imaginación, sus múltiples misterios; desde el mito hasta la ciencia, desde el viaje épico hasta la biología. Fábula y corporalidad. Y yo, más performática, un poco salvaje, transité por algunos poemas comentándolos, leyéndolos, desmenuzando su relación con mi historia personal –a favor de este intimismo diré que aun el poema que nace de los espacios privados del cuerpo deja de ser mío en cuanto se publica.


En la siguiente mesa el poeta de Irlanda del Norte, Paul Muldoon –ganador del Pulitzer–, acompañado de Fernando y Gabriel, me dejaría la reflexión de que se puede historiar partiendo desde las cosas sencillas, cotidianas, porque cuando la escritura es honesta refleja el contexto del cual emerge, con múltiples intertextualidades.



Tras mi lectura algunas personas del público se acercaron, una me dijo que venía desde México a ver el festival y que le había sido muy grato encontrar a una mexicana en el panel, otra me preguntó dónde podía encontrar los poemas que había leído. Se llevaron libros, me abrazaron, recibí muchas palabras bellas. Fui feliz.  


VII


Durante las horas en las que no había lecturas, procuré acercarme –al menos una vez– a cada uno de los poetas del festival que me iba encontrando. Éramos 68 de 32 países distintos, haciendo lecturas simultáneas por toda la ciudad, y confieso que a más de uno no lo logré identificar, ya fuera por mi prosopagnosia –cegera de rostros– o por designios del destino. Con algunos era muy fácil dialogar, compartíamos no solo el lenguaje, sino ciertas afinidades y hasta las dificultades (como las poetas a quienes no se nos daba bien el inglés y bromeábamos cantando pollito-chicken, gallina-hen).


Con otros me resultó un desafío, como con Liu Xun Fu, que sólo hablaba chino, y que además de poeta es calígrafo, por lo que yo bien podría exponer la bella dedicatoria de su poema en un museo.



Abrí mis sentidos para atrapar un poco del aura de cada poeta a quien pude acercarme, aun si no compartíamos el idioma. Así, por ejemplo, descubrí la simpatía de Deema Mahmood, de Egipto, la capacidad para embellecer todo lo que veía de Võ Thị Như Mai, de Vietnam y el humor lúdico de Lana Derkač, de Croacia.



Cuando llegó mi tercera lectura, en la Biblioteca Pública Piloto, ya sentía el festival como un hogar, con rutinas definidas, calles llenas de árboles e hilos de conversación reconocibles. Aunque a ratos volvía abajo de mi concha de almeja para sacar avante algunos poemas urgentes. Por culpa de mi mala memoria había dejado el cargador de mi celular en México, así que no pude tomar fotos como hubiera querido.



Me senté en la mesa junto a Yolanda Castaño, Võ Thị Như Mai, Lana Derkač y Nataly Domicó –de la nación Emberá Eyábida, Colombia–. Los poemas bordearon, esencialmente, lo femenino: la hija que sólo había sido gestada en la imaginación, la serena caricia de la naturaleza, una Europa enferma, la memoria de las abuelas.



Al final del recital, de nuevo algunas personas se me acercaron. Hubo quien preguntó los nombres de las tías a las que dediqué mis poemas; también una pareja que dijo conocer el norte de México –una novedad, pues la mayoría de colombianos que me han contado que conocen mi país a donde han viajado es a los estados del sur o a la Ciudad de México–. Y un artista visual que me recordaba a Francisco Toledo y me cambió un libro por postales con sus ilustraciones; luego, a mi amiga Diana –que pronto será también mi editora– me cambiaría libros por tazas de café, reafirmando mi manía por el trueque poético.



Me llamó la atención una pequeña exposición fotográfica, en el patio de la biblioteca, en honor a Guadalajara. Recordé que en una visita a Bogotá, mi amiga Luisa Villa, su esposo Arturo y la madre de éste estuvieron cantando rancheras, y que otra vez en Barranquilla me había despertado música de mariachis.


VIII


En el corregimiento de Santa Elena se nace poeta. De eso no me quedó duda después de conocer a un grupo de sus habitantes en la biblioteca municipal.

El camino para llegar al pueblo es sinuoso, igual que el camino hacia un poema. La camioneta avanzaba cuesta arriba haciendo pequeñas escalas para sumergirse en el paisaje, gracias a la generosidad de nuestro chofer y de Blanca.



A ambos lados de la carretera había plantas y flores. A la izquierda, de vez en cuando, un muro de roca amenazaba con desmoronarse; a la derecha emergía la ciudad de Medellín, entre la inmensidad verdeazul.

En la entrada del pueblo una escultura descomunal homenajeaba a los silleteros, parte de la identidad de la región.


En la puerta de la biblioteca me recibieron con flores, bendiciones y abrazos.  ¿Es que puede haber una forma más bonita de recibir a un poeta?


Mi taller literario se llamaba “Luciérnagas dentadas: lo que huye hacia el abismo”. El título hizo evocar a los asistentes el viaje, la resiliencia, la vida de las mujeres, la noche, el acto poético. Cuando pregunté “qué deseo no sabían que tenían”, un joven respondió que él no sabía que deseaba estar en este taller, pero veinte minutos atrás, mientras vendía tortas, conoció a una muchacha del club de lectura. Y ahora estaba allí, escribiendo versos en su mente porque prefería el lienzo de la memoria al papel.  

En Santa Elena la poesía se da como las hortensias o los agapantos, brota de los labios fértiles de la gente y perfuma las hojas del tiempo.



No fue difícil para ellos dialogar con Alejandra Pizarnik, Julio Torri e Idea Vilariño. También se acercaron a Gabriela Cantú, a Lucía Yépez y a Enriqueta Ochoa, poetas del norte de México, a quienes llevé conmigo.


Cuando el taller terminó, el sol empezaba a dar paso a un viento frío que pronto me orillaría a ponerme la chaqueta.


Algunos de los asistentes se llevaron libros que firmé con gusto. Una mujer me dijo: “usted hace que lo que parece complejo se vuelva fácil”. Pues ¿no se trata de esto la poesía? Intentar devolverles a las palabras cierta inocencia para nombrar el mundo, hacer que broten inflorescencias en la página, libremente, como al pie del camino.


VIII


Reservé el vestido color turquesa para el último día del festival. No estaba segura de usarlo, hacía muchos años que no me ponía una falda larga. Y, pues, la textura de una tela, el peso de mis aretes, el movimiento de mi cabello, cada detalle tiene que ver con la forma en que se distribuye la energía en mi cuerpo. Cuando bajé al lobby me di cuenta de que todo mundo parecía haber elegido su atuendo cuidadosamente ese día.



La clausura sería en el Teatro Pablo Tobón Uribe. Tendría tres minutos de lectura y, obediente como suelo ser para estos asuntos, elegí tres poemas pequeños.

La poeta chilena Mirka Arriagada abrió el evento. Su poema certero, con las palabras perfectamente acomodadas para señalar el odio que a menudo siembra el mundo en contra de los niños, los que «no son nuestros», y con la pericia del psicoanalista virar hacia la imagen del niño que fuimos y que vive al fondo de nosotros.  

Uno a uno, cada poeta se despidió del festival con un ramaje de versos, algunos también con música, como Álvaro Maio e Isilda Nunes, de Portugal, o Stefano Strazzabosco, de Italia.



Yo leí sobre la memoria. Este fue uno de mis poemas:


Algo en mí se siente unido por la rabia y el gozo

al cuerpo de otras mujeres

un brote de bilis bajo el diafragma:

Nosotras entendemos los gorjeos del agua

 

Mi abuela me enseñó

a llenar de esa líquida premura el vientre

a deshojar la luz entre mis piernas como una premonición

a ella el amor se le deshizo

                              en coágulos azules

aprendió a decir adiós acurrucada en la letrina

viendo el fruto

escabullirse hacia las sombras       dijo haber oído

el ulular de la lechuza

dijo que otras manos se llenaron de lejía

ciertas noches también oigo

a ese pájaro amagando la puerta

y en la atrofia

                        de las horas muertas

se desliza −aún− la pavesa de su aliento



El posicionamiento contra la violencia, la necesidad de seguir haciendo poesía en un mundo que se convulsiona bajo conflictos bélicos, hambre y ecocidio, fueron reflexiones que surgieron de manera natural. Y, por supuesto, la mirada agradecida sobre Fernando Rendón, quien, a lo largo de 36 años, ha tejido una red de aliados para inundar la ciudad de poemas de América, Asia, Europa, África y Oceanía.


IX


La última comida en la que estaríamos juntos se sirvió al mediodía en el hotel que nos había albergado por más de una semana. Ronel y Álvaro estaban sentados frente a mí, a mi derecha Isilda. Ellos hablaban sobre la Isla y sus condiciones, nosotras sobre el nivel de consciencia necesario en los seres humanos. No recuerdo quién tomó la foto, además de nosotros cuatro, aparecen en la imagen Hussein, Ali, Denisse, Leandro, Niels, Ariel y Alexandra.


La mayoría de los poetas ya habían partido. Pero aún se sentía muy viva su presencia en ese espacio. No sé si fui la última en irse del hotel, no es sólo que no quisiera irme, sino que así tocó el vuelo.



Antes de abordar el avión hacia Bogotá me encontré a quien sería mi próximo compañero de viaje: un peludo osito sudamericano, a quien llamé Osiel Osorio, en honor a un entrañable personaje creado por Carmen Ávila para hablar sobre la migración.


Sigo sin tener una casa propia, pero la palabra «hogar» se ha ensanchado. Mi madre me ha llamado nuevamente en estos días para decirme que ha leído las notas de prensa y que está feliz. Yo estoy feliz.  


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El Festival Internacional de Poesía de Medellín es organizado por la Revista Prometeo y el Movimiento Poético Mundial. Cuenta con el apoyo de la Alcaldía de Medellín, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia, Programa Nacional de Concertación Cultural. Es auspiciado por Comfama, Caja de compensación familiar de Antioquia. Los aliados estratégicos son la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia y Confiar Cooperativa Financiera. Los medios aliados son: Teleantioquia, Cámara FM, Radio Universidad Nacional y Radio Bolivariana. Los invitados en la 36º edición fueron: los poetas africanos: Ahmad Al Shahawy, Deema Mahmood, Sara Hamid (Egipto); Radhouane Ajroudi (Túnez); los poetas de América: Belén Ojeda (República Bolivariana de Venezuela), Denise León (Argentina),  Dwayne Morgan (Canadá), Leandro Calle (Argentina), León Guerrero (Honduras), Marisol Vera Guerra (México),  Mirka Arriagada (Chile), Ronel González Sánchez (Ganador del Premio de la Revista Gaceta - Revista Prometeo, Cuba), Tilsa Otta Vildoso (Perú). Los colombianos: Andrea Quelal (Pueblo de los Pastos), Ángela García, Ayran Riascos Mondragón, Berta Lucía Estrada, Diana Carolina Daza, Geraldine Marín, Juan Diego Tamayo, Lilian Silva, Omar Gallo, Pedro Arturo Estrada, Alejandro Zapata, Andrés Felipe Tamayo, Andrew Gil, Cenedith Herrera, Fernanda González, Jorge Iván Agudelo, Luz Adiela Jaramillo,  Luz Helena Cordero, Luis Orlando Valencia,  Nataly Domicó (Nación Emberá Eyábida), Nathalia Nieto, Omar Gallo,  Samuel Vásquez, Sebastián Salazar; los poetas asiáticos:  Ali Al-Shalah (Irak/Suiza), Alice S. Yousef (Palestina), Hussein Habasch (Kurdistán), Khosiyat Rustamova (Uzbekistán), Liu Xunfu (República Popular China), Saber Sadipour (Irán), Võ Thị Như Mai (Vietnam/Australia); los europeos: Alexandra Nicod (Suiza/España), Alvaro Maio (Portugal), Ariel Rosé (Polonia), Bernard Engel (España), Isilda Nunes (Portugal), Lana Derkač (Croacia), Margarita Al (Rusia), Niels Hav (Dinamarca),  Paul Muldoon (Irlanda del Norte), Sibila Petlevski (Croacia), Stefano Strazzabosco (Italia), Yolanda Castaño (España); y las poetas de Oceanía Karlo Mila (Tonga) y  Tayi Tibble (Maori, Nueva Zelanda). Intervinieron los grupos de música: la Banda del bisonte, Mayra Cárdenas, Amada, Una Nube, Jazz en ritmos ancestrales, la Múcura y la Orquesta de Cámara de la Filarmónica Metropolitana-La Metro, entre otros. 


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